RUN, NEW YORKER, RUN!

RUN, NEW YORKER, RUN!

Si tuviera que describir a Nueva York uno de los primeros adjetivos que me viene a la mente es: rápido.

Aquí TODO es rápido y no mis queridos defeños, ya sé que están pensando que los chilangos estamos acostumbrados a ese ritmo porque el DF es “bien movido”. Sí, la ciudad de México es movida en comparación con cualquier otra del país (hace poco aprendí que está mal decir del interior de la república o nuestros cuates de provincia como nos enseñó Chabelo y el maestro Aguilera). No, nuestra  querida ciudad de la esperanza está en pañales cuando de agilidad se trata comparada con La Gran Manzana.

Aquí uno va con prisa a todos lados y es contagioso. Yo camino al gimnasio como si me viniera persiguiendo la parca. Me apuro para ir a leer al parque o por un helado. Me acelero cuando necesito comprar algo como si fuera black friday. Saco a pasear a Pancho como si lo estuviera entrenando para una carrera de galgos. En fin, podría enlistar una infinidad de ejemplos de mi “súper complicada” agenda.

New york urvanity

El new yorker no pierde el tiempo aunque haya tiempo que perder. Aquí es mal visto (o de turista, toda una ofensa para el local) dejar de caminar hasta cuando se pone el alto. La mayoría zig zaguea cruzando de calles a avenidas para no perder tiempo, para no parar, para no relajar el cuerpo. En esta ciudad cada segundo cuenta, una de las razones por las que la amabilidad está en un segundo plano. Aquí uno parece jugar el juego de las sillas cada vez que se sube al metro, ¿tiraste a tu tía chonita y se rompió la cadera? Sí, pero tú estás sentado y es lo único que importa. Aquí la gente camina como si estuviera a punto de alcanzar a un keniano en un maratón o de taclear a Forest Gump en un juego de americano; por lo que si de paso le pega a dos o tres personas no puede parar y perder milésimas de segundos para pedir perdón: es parte del juego. Es de niuyorkino avanzado que mientras esperas el metro sepas caminar en las plataformas antes de abordar para encontrar el vagón que a tu salida te dejará en la puerta necesaria y así no desperdiciar ni un sólo minuto de tu día.

En Nueva York parece no sólo importar quién la hace, si no quién la hace más rápido. Con esto no solo hablo del éxito laboral, si no también de las ensaladas. No, no es una metáfora, ni una idea consheptual. Me refiero a la mezcla de lechugas, quinoa y pedazos de pollo orgánico de granja local, que combinados con kale, beets y brussels sprouts (el trío dinamita de todos, TODOS, los restaurantes de la ciudad) hacen tu lunch del día. A mi no me molesta tener que ir con paso maratonista a donde sea. Pero lo que sí me enoja y mucho, es tener que pedir mi ensalada de medio día en menos de treinta segundos sin sacar a la banda de quicio o que me salga a) carísima o b) asquerosa.

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En Estados Unidos a diferencia de las dos horitas que tenemos en México, la hora del lunch dura quince minutos y no incluye ni su cervecita ni su tequilita, lo que le permite al godín de Madison Avenue no tener el mal del puerco durante el resto de su día laboral y así posiblemente llegar a cenar (la comida pesada del día) con su familia, galán o mascota a buena hora. La mayoría de los lugares de ensaladas (los cuales abundan en la ciudad) tienen opciones en el menú de ensaladas previamente armadas o el clásico “make your own” donde escoges una o dos bases (lechuga romana, espinaca, kale, etc); cuatro vegetales, una proteína (queso, camarones, pollo); un topping (semillas, crutones, tiras de tortilla ) y el aderezo. Cualquier ingrediente que se salga de las reglas anteriores le suma de uno a tres dólares extra al precio (ya elevado desde antes) de tu ensalada. Si logras armar una mezcla digna en treinta segundos, tiempo límite para que el “barista” y la gente de la fila te empiecen a gritar como sargentos rasgándose las vestiduras para que te apures, ¡felicidades! eres todo un New Yorker y esta ciudad te había estado esperando toda la vida. ¿Yo? Llevo meses sin salir de la clásica griega, cesar, o santa fé.

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