DOCE AÑOS CON PANCHO

DOCE AÑOS CON PANCHO

Hace doce años llegó a mi vida el compañero más fiel. Era el 2003 y llevaba tiempo queriendo un perro. Había tenido y perdido a dos. El primero: Puppet, un french poodle que me regalaron mis papás cuando tenía ocho años y que murió a los tres, víctima de un atracón de sobras de pollo rostizado, que distraídos, habíamos dejado sobre la mesa un domingo después de comer en familia. A temprana edad descubrí que los caninos si pueden morir por “un hueso atorado en el pescuezo”. Benito, el segundo, murió por moquillo, enfermedad que en ese entonces era común en perros mexicanos (comprados en los semáforos de tecamachalco). Esta historia se convirtió en tragicomedia cuando, dispuesta a que mejorara, lo subí al coche a las seis de la mañana para de ida a la universidad, pasarlo a dejar a casa de mi entonces novio el cuál lo llevaría a un buen veterinario. Circuito Interior venía parado, ya iba tarde a clase y Benito estaba totalmente desahuciado. A los treinta minutos de camino escuche un llanto estridente e instantáneo, mi segundo perro había perdido la vida al mes de estar juntos. Tenía diecisiete años y mi inteligencia emocional era la de un niño de cinco, lloré como si no hubiera mañana y empecé a tomar las decisiones más torpes y estúpidas. Me paré a la mitad de circuito por varios minutos en hora pico. Me salí a la lateral para tratar de regresar a casa y me arrepentí a la mitad. Me perdí entre las calles aledañas a la vía rápida y terminé llegando a la Ibero con un perro muerto en el coche. Como era de esperarse llegué tarde a Teoría de comunicación I y no entré. Anabel, una de las maestras más rudas (pero buenas) que me tocaron en la carrera tenía muy marcada la regla de los quince minutos de tolerancia. Me asomé por el pequeño recuadro de vidrio que tenía la puerta para ubicar a dos de mis amigas y mediante señales les pedí que terminando me vieran en el pasillo. Salieron a las ocho cuarenta y bajamos al estacionamiento para que confirmaran y testificaran, como si fueran agentes de Gayosso, la muerte de mi mascota; decisión que era simple de decretar con tan sólo abrir la puerta del coche. Era momento de entrar a clase de historia del arte y tenía que tomar una decisión, llevaba ya cinco faltas y esta sería la sexta y última del semestre al cuál todavía le quedaban varios meses. Decidí tomar la clase y saliendo regresar a casa para enterrarlo, como se debía, en el jardín de mi abuela. Así fue como me convertí en “la niña que llegó con un perro muerto en el coche y lo tuvo cuatro horas en la cajuela”, leyenda urbana de la Ibero que creo sigue corriendo en los pasillos.

Dos años después superé aquel acontecimiento y sentí que ya era momento de darle todo mi amor y cuidado a un perruno que me acompañara en la vida. Quería un “Yorkie” pero no tenía el dinero para comprarlo. Por semanas busqué opciones pero ninguna se acomodaba a mi bolsillo. Uno de los vendedores nos ofreció un Chihuahueño por mil quinientos pesos. Mis padres me habían dicho que aceptaban a un perro en casa siempre y cuando fuera pequeño. Los chihuahuas en ese momento no eran los “cuties mainstream” protagonistas de películas que son ahora. Esto fue en tiempos pre Paris Hilton, la raza era barata y los perros, común en una cultura malinchista, menospreciados. De cualquier manera lo fui a ver, no tenía muchas más opciones y no perdía nada con hacerlo. Llegué a una colonia detrás del aeropuerto, llevaba puesta una chamarra de mezclilla con cuello de borrego de Abercrombie and Fitch Kids, una polo azúl claro, unos jeans flare que me quedaban grandes y estaban rotos de abajo por tanto pisarlos y mis converse cafés, uno de mis outfits favoritos del momento. Tocamos una puerta negra y nos abrieron por el garage donde corrieron a recibirnos perros de distintas razas, entre ellos y hasta atrás, una ratita blanca que no medía más que la palma de mi mano. ¡Este es Gasparín! me dijo el vendedor, mientras me invitaba a sentar en un sillón beige de gamusa que estaba en el primer cuarto que servía como sala a lado del garage. Me lo puso en las piernas, me volteo a ver con la mirada más tierna y se metió en mi chamarra para quedarse acurrucado entre mi brazo y mi torso, para decirme que lo llevara conmigo. Para decirme que él me escogía a mí para dedicar su vida a llenarme de amor. Para que yo me convirtiera, desde ese momento, en su mundo entero, en su razón de vida. Gasparín me escogió a mi y yo lo sentí, sin palabras el me habló y yo lo escuché, me dijo que debíamos estar juntos, las palabras más sabias que me han dicho en la vida. Pancho, fue el nombre que escogí de regreso a mi casa.

Doce años después recuerdo como si fuera ayer ese mágico momento en el que ví por primera vez a mi mejor amigo. Aquél que jamás me va a fallar. Que siempre va a festejar mi llegada a casa como si nos hubiéramos dejado de ver un año. Que va a convertir cualquier momento de soledad en compañía. Que va a estar a mi lado en las buenas y en las malas.

Hoy se cumplen doce años de estar juntos. Doce años en los que Pancho ha dedicado su vida entera en hacer la mía mucho más feliz. Doce años en donde he pasado por distintas etapas y el siempre me ha visto y querido igual. Doce años de despertar con una bolita de pelos entre las piernas y de haber descubierto un amor fiel, tierno y puro. Un amor sin agenda, un amor que en mi corazón y en el suyo, será eterno.

¡Feliz cumple, Pancho!

Pancho Cebreros

Pancho ximena cebreros

Ximena Cebreros y Pancho