ENTRE ESTE Y OESTE

ENTRE ESTE Y OESTE

Un día por el distrito Friedrichshain-Kreuzberg.

Por Ximena Cebreros

Aproveché que eran vacaciones y desperté sin prisa. Me quedé acostada viendo a la ventana; la luz del amanecer entraba por los recuadros empañados, trazando rectángulos amarillos sobre la pared blanca y pintando un pequeño arcoíris en el edredón. Afuera, en Warschauer Straße, la línea verde del metro elevado recogía y descargaba pasajeros, todos vestidos con abrigos y chamarras gruesas. Era una mañana fría en Berlín.

Mi casa por el fin de semana era el Michelberger. Hotel independiente ubicado en Friedrichshain (barrio del este de Berlín) que abrió sus puertas en 2009 buscando ser la base de los visitantes de la zona, albergue para músicos y artistas, y espacio que incitara a la colaboración creativa, maximizando la experiencia de los huéspedes pero no los precios.

El olor a café recién hecho se percibía desde el patio que, durante verano, sirve como escenario de música en vivo, y donde han tocado artistas y bandas como: Local Natives, Damien Rice, y The National. En el restaurante los huéspedes, en su mayoría gente de la industria artística, desayunaban un buffet con huevo, charcutería, quesos, frutas, y mermeladas.

La primer escala: Tempelhof. El ex aeropuerto Alemán histórico por ser escenario de un discurso de Hitler y puente aéreo hacia Berlín durante la guerra fría, cesó actividades en 2008 y es hoy el parque urbano más grande la ciudad. Ahora, sus pistas se utilizan para patinar, correr, y andar en bici; sus jardines para jugar, tomar el sol, y hacer picnics.

Tras recorrer los espacios que durante septiembre son marco de Lollapalooza Berlín traté de colarme a sus hangares. Acostumbrada a la mercadotecnia estadounidense pensé que habría alguna especie de exposición o memorabilia dentro. Encontré dos puertas abiertas. La primera me llevó a un lugar desolado escalofriante, digno de un capítulo de The Twilight Zone. Cuando intenté abrir la segunda, un chico me detuvo preguntando si podía ayudarme, “Sólo quiero entrar a conocer más del aeropuerto”, le dije apenada. Llevó su cigarro a la boca, le dio una última fumada y tirándolo al piso de manera déspota contestó: “Por privacidad de la gente que vive aquí no dejamos entrar a nadie, esto no es un zoológico”. Más tarde entendí que los hangares sirven como refugio Sirio.

Salí del aeropuerto y caminé por Bergmanstrabe hasta topar con Marheineke Markthalle, sencillo mercado techado donde encuentras productos frescos, comida preparada (en su mayoría turca), y donde probé el mejor gyro jamás.

Recorrí Kreuzberg sin agenda. Entré a sus acogedores cafés, a sus galerías de arte emergente, y a sus pequeñas tiendas de segunda mano. Aunque ahora gentrificado, el barrio del oeste de la ciudad se caracteriza por su contra cultura. Su acción artística y política. Su fundamento anti-sistema y naturaleza rebelde. Una colonia que con el paso de los años no pierde su esencia aún presente en grafitis, arquitectura, y habitantes (la mayoría jóvenes e inmigrantes). Muestra de la armonía que se puede generar entre viejos y nuevos inquilinos en un barrio que no eleva sus precios estrepitosamente ni desplaza todos sus locales por negocios de “tendencia”.

La última parada del día fue Café Jolesch, lugar de comida austriaca que desde 1992 sirve a los locales uno de los mejores schnitzels de la capital alemana. La decoración era clásica: paredes verde esmeralda y muebles color vino; iluminado por tenue luz amarilla y adornado con el cuadro de una intensa tormenta en alta mar. Elegí el menú prix fix y lo acompañé con una botella de Riesling Alemán, exquisita combinación por la que no pagué más de 700 pesos.

De camino al hotel recorrí la East Side Gallery (está justo enfrente). Los 1.3 kilómetros que quedan del muro que dividió a Berlín por casi treinta años son ahora memorial de la libertad gracias a la pintura de artistas de todo el mundo.

Al regresar, el Michelberger tenía concierto gratuito en el lobby. La música melancólica del canadiense Aidan Knight y dos copas de vino tinto cerraron mi día por el distrito Friedrichshain-Kreuzberg. Barrios en algún momento separados y ahora unidos (entre otras razones) por lo mismo: la diversidad.

Ximena Cebreros

Michelberger Hotel

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Tempelhof

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Marheineke Markthalle,

 

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Aidan Knight

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