RESIDENTE POR INCIDENTE

RESIDENTE POR INCIDENTE

Por Ximena Cebreros

Mi cita era a las 11:45 de la mañana. La alarma estaba puesta a las ocho pero no necesitó sonar: desperté media hora antes. Prendí la cafetera, bañé y desayuné con las noticias de fondo. Trump protagonizaba la pantalla: “Vamos a tener nuestras fronteras fuertes, vamos a construir esa pared y México va a pagar por ella”, reafirmaba en su mensaje.

Durante el desayuno mi esposo y yo repasamos los documentos originales que debíamos presentar, los cuales completarían el enorme fajo de papeles que llevaría nuestra abogada. Actas de nacimiento y matrimonio. Copias de todos los pasaportes y visas que he tenido. Cartas de familiares en los Estados Unidos firmadas por notario. Exámenes médicos y carnet de vacunación. Comprobante de domicilio, boletos de avión y fotografías que validaran mi matrimonio.

Tras desordenar mi departamento buscando algo formal dentro de un clóset repleto de jeans y playeras, salimos a las 10:30. Tras un año de exámenes y papeleos la semana pasada fue mi entrevista para obtener la Green Card.

Caminamos a la esquina y tomamos el metro con destino a Federal Plaza donde se encuentran las oficinas de Inmigración. Nuestra abogada recomendó llegar con tiempo; la fila de revisión podría ser larga. Sin embargo, no había más de diez personas delante de nosotros. Enseñé el documento que comprobaba la cita y mi identificación. Me quité el saco, los zapatos, y puse mi bolsa en un contenedor plástico para pasar por los detectores de metal. No tomó más de cinco minutos así que subimos a la cafetería por un americano hasta que dieran las once treinta, hora en que veríamos a la abogada para repasar los últimos detalles.

Durante la espera observé a las demás personas a mi alrededor. Todos bien vestidos y aseados. Revisaban una y otra vez sus folders repletos de documentos. Cerraban y abrían los puños, tronándose los dedos. No paraban de acomodarse la camisa y el peinado, como si alguien estuviera a punto de tomarles una foto. Era claro que habían esperado este día desde hace varios años. Este momento cambiaría su destino y el de sus familias. Esta fecha estaría tatuada en su corazón para siempre. Se me hizo un nudo en la garganta, tan firme que no me dejaba siquiera pasar saliva.

Qué diferente proceso vivimos para llegar a este día. A mi me tomó cuatro horas llegar a Nueva York. Volé en un asiento cómodo; con variedad de bebidas y hasta desayuno. Leí un libro y elegí una película. Me tapé con una delgada cobija cuando tuve frío y prendí el aire cuando sentí calor.

Enseñé mi pasaporte y visa vigente a un oficial que se portó amable conmigo, que no preguntó más allá del motivo de mi viaje y días de estancia; y que, como la mayoría de veces que los gringos ven mi nacionalidad, mencionó que no parecía mexicana. El problema no es solo que lo digan sino cómo lo dicen, como si esperaran que me sintiera agradecida por “no parecer mexicana”. Algo del intercambio, tan común con un estadounidense, me produjo rabia.

Llegué teniendo techo y hablando el idioma. Entré como legal y aún así me quejé del proceso. En febrero de 2015 fue la última vez que ingresé al país como turista. Mi esposo, nacido y criado en México, cuenta con la nacionalidad estadounidense gracias a su mamá. Un año antes le ofrecieron trabajo en una agencia de medios. Persiguiendo su sueño y en busca de uno futuro para mi, dejamos la ciudad de México para irnos a Nueva York. En ese entonces yo empezaba a trabajar en un nuevo programa de televisión. Durante ocho meses viajé cada diez días al antes Distrito Federal para continuar mi carrera, para no quitar el ancla de mi tierra. Ocho meses tardé en soltar la cuerda, en dejar mi trabajo y buscar lo que muchos quieren y pocos pueden tener: el famoso “sueño americano”.

Al principio pensé en no contratar abogado. Mi caso era simple. Mi esposo tiene pasaporte estadounidense y llevamos más de cuatro años de casados. Entré al país con sello. Nunca trabajé ilegalmente, no tengo registros penales ni cometí faltas durante mis visitas. Llené y pagué la primer forma; cuatro meses después, al no recibir notificación alguna sobre mi caso, buscamos asistencia legal. Nos cobró la hora de asesoría donde señaló todos los papeles que nos habían faltado. “Tienes suerte de aplicar en este año”, mencionó. “En el siguiente habrá más formas; a fin de cuentas inmigración es un negocio”. Además de pagar los honorarios de un abogado, para aplicar debes llenar tres formas con un costo que rebasa los mil quinientos dólares.

Me quejé porque no pude salir de Estados Unidos durante un año. Extrañé a mi tierra y familia, pero tuve la suerte de que los más cercanos vinieran a visitar. Me quejé porque es un proceso complicado en el que no te orientan y parece no haber de otra más que pagar por servicios legales, pero a fin de cuentas tuve los recursos para hacerlo. Me quejé por el examen de sangre, el de tuberculosis, los rayos X de pecho y las dos vacunas que me pusieron en una oficina de gobierno, pero siempre tuve la certeza de que todo saldría bien. No pude trabajar durante un año pero no me faltó nada.

La entrevista no tardó más de quince minutos, con revisar de ojo los papeles era claro que mi caso acreditaba la residencia. Más duró la plática sobre el scrapbook de fotografías que llevé, al que el agente llamó “una pieza de arte”, que las preguntas formales del proceso. Al terminar, se despidió amablemente de nosotros asegurando que pronto recibiríamos una notificación por correo. Al salir, me fui con la vista fija al frente: no pude voltear a ver nadie.

Hoy llegó la notificación de que mi caso fue aprobado. En menos de un mes recibiré en el buzón la tarjeta de Residente por diez años.

El Servicio de Ciudadanía e Inmigración de los Estados Unidos recibe aproximadamente seis millones de aplicaciones al año. Hasta noviembre de 2015, más de un millón 344 mil 429 mexicanos estaban en lista de espera. Para este año fiscal el límite de visas de inmigrante emitidas por país será de 25 mil 620.

Según datos del Departamento de Seguridad Nacional, en 2015, la Patrulla Fronteriza del sur aprehendió a más de 188 mil mexicanos.

Donald Trump quiere construir una pared que ya existe pero es invisible. Y por la que, en efecto, México ha pagado.