Good morning, New York!

Good morning, New York!

Por Ximena Cebreros

Solo recuerdo sentirme así una vez. Una mañana previa a Navidad en la que, buscando un juguete perdido, abrí el closet y encontré escondidos en la esquina de la última repisa los regalos que le había pedido a Santa. Así descubrí que ese amigable hombre blanco y gordo era solo una ilusión. Que eran mis papás los que me premiaban cada fin de año y los que me mintieron durante nueve. Así sentí por primera vez el dolor por la muerte de una idea, de una ilusión.

Sonó mi despertador temprano. Acostada apagué la alarma, me tallé los ojos y abrí el buscador. Esperando, como el mundo entero, que todo fuera un mal sueño. Pero no, ahí estaba su cara anaranjada, sus ojos fruncidos sombreados de blanco y el estropajo güero que lleva como pelo, ilustrando la primera plana del New York Times con el título “Trump Triumphs”. Donald Trump era el Presidente electo de Estados Unidos.

La mañana era gris. El horario de invierno atrasó el amanecer y las nubes negras cubrían el cielo. Era claro que no saldría el sol. Para ser nueve de noviembre el clima era templado pero mi piel parecía estar más sensible: temblaba de frío mientras caminaba al metro, con las manos en las bolsas de mi chamarra de cuero y la barbilla metida en el cuello de tortuga de mi suéter blanco. No se escuchaba el ruido matutino común de Nueva York, ni los cláxones desesperados ni el bullicio de la gente, solamente el sonido de las llantas contra el pavimento mojado.

Tomé la línea azul para llevar a mi perro con la pareja que lo cuidaría durante mi viaje a la Ciudad de México. Por la mañana la ruta de Manhattan a Brooklyn va en contraflujo, así que no me sorprendió encontrar el vagón con poca gente. “Te ves en shock, jovencita”, me dijo un señor alto, delgado y de tez morena con bastón en mano, sentado frente a mi. “Lo estoy”, respondí con acento mexicano. “El mundo está”. Platicamos por unos minutos y aunque los dos sabíamos que podíamos hablar en español ninguno decidió hacerlo.

Me bajé en Franklin Avenue y caminé varias cuadras sin ver gente interactuar salvo por un cuarteto de afroamericanos mayores de edad que fumaban afuera de una bodega. Llegué a mi destino y toqué la puerta. Me abrió William, un chico de unos veintitantos años, de pelo castaño y ojos azules. Durante cinco minutos repasamos las formalidades sobre la estancia de Pancho y al despedirme, disculpándome por ir atrasada para mi vuelo, tocamos por encima el tema del nuevo presidente electo. “Yo soy de Florida y dejé mi registro ahí para que mi voto contara”, me dijo apenado. “Tristemente no fue suficiente”.

El metro de regreso venía completamente lleno pero se sentía vacío. Repleto de hombres y mujeres. Blancos, árabes, latinos, negros y asiáticos. Todos con la cabeza abajo o la vista fija en algún punto. Casi sin parpadear. Con la mente nublada y el cuerpo entumido. Nadie se veía a los ojos. Aquellos que traían periódicos parecían esconder la portada. Tapando las imágenes y títulos con sus manos o piernas. Apenados por su lectura como si tuvieran en mano un libro de autoayuda o superación personal. El vagón, como es costumbre en las mañanas, no olía a una mezcla de café, desayuno y humanidad. Chance porque la gente despertó tarde por la trasnochada electoral o simplemente porque el estómago no estaba listo para recibir comida. En la parada de Spring bajó la gran mayoría. “Nunca había sentido tanto silencio en el tren y lo he tomado solo”, gritó un hombre mientras salía. No alcancé a ver su cara.

Esa mañana Nueva York estaba de luto. En duelo tras perder la ilusión de progreso. La idea de un país caminando hacia la equidad y la justicia. Que aprende de sus errores y de la historia. De una sociedad diversa y multicultural que trabaja unida por el bienestar del mundo y la humanidad.

En la elección no ganó nadie, perdimos todos.

img_7781